Deporte sonámbulo

Dormir, ver la tele, tener sexo, beber unos tragos, buscar abrigo en unos cartones y hojas de periódicos, vagabundear, contratar prostitutas, pasarse un alto porque no hay nadie que cruce la calle, atender algunos hambrientos en el puesto de lámina, discutir con borrachos. Son algunas actividades que la gente hace a las dos, tres o cuatro de la mañana, otros más, van al gimnasio.

Hace unos años llegaron a México los gimnasios de 24 horas, este, cuyo creativo nombre lo indica, es uno de ellos: Gym24.

Cuando la ciudad se cubre de oscuridad y frío, es el mejor momento que algunos encuentran para entrar a un edificio lleno de brillantes luces artificiales, encargadas de iluminar el espacio, claro, pero también tienen una segunda función: sustituir al sol, así el cerebro de los nocturnos deportistas asume que es de día y piensa en hacer lagartijas más que en dormir. Simple y eficaz engaño psicológico que sirve tanto en gimnasios como en cuartos de tortura para algunos prisioneros de guerra.

Pero hoy no estamos ante un torturado, aquí el sufrimiento de cada cuerpo es impuesto por voluntad propia. Tampoco son las tres de la madrugada, son las 7:36 p.m. pero los ruidos de un gimnasio siempre son los mismos: pesas que caen, exhalaciones, tenis que corren y que no van a ningún lado, gemidos que bien podrían pertenecer a un escenario distinto. Las palabras son escasas, pocos escuchan la música electrónica de fondo, la mayoría está conectada a sus audífonos, se concentran en sus hinchados músculos y en maravillarse con su figura reflejada en los innumerables espejos.

Nuestra foránea presencia es apenas advertida mientras recorremos, piso por piso, un edificio que hasta hace cinco años era una estética, o al menos eso cree Jorge, el soñoliento y poco atlético recepcionista. Es evidente que los espacios no están pensados para albergar aparatos que posicionan al cuerpo en formas casi pornográficas, las cosas están amontonadas y en el baño se aprovechó hasta el último milímetro para meter una regadera con calzador. Estar en esos salones de paredes reflejantes es como estar en la casa de los espejos, es necesario poner atención para descubrir las escaleras. Subimos.

En el penúltimo piso, hay un niño de oro, lo rodean algunas cuerdas amarradas a cuatro esquinas que improvisan un ring. Tiene el rostro cacarizo y la nariz pequeña, chata, como de boxeador, está rapado y algunas pelusas de la sudadera le adornan la cabeza, en su celular suenan las campanas que indican el inicio de un round.

-¡Tiempo!- grita, y el muchacho al que entrena hace sombra, se quiere lucir aunque le cuesta trabajo.

-Lo voy a entrevistar- me dice mi amiga y le pregunta si podemos hacerlo, de inmediato sonríe y dice que sí, antes de la primer interrogante él suelta: -me llamo Ramón Ayala, mi apodo es “El Niño de Oro” y soy campeón mundial- de ahora en adelante su atención se dirige a las preguntas y de vez en cuando le dice a su cliente el ejercicio que debe hacer. La conversación fluye con soltura y Ramón responde con la mejor disposición.

Las palabras dichas por Ayala no son lo relevante sino su forma de ver el deporte. La exigencia rige su mensaje pues esta resume su vida: empezar a entrenar desde sus primeros años, limitar su dieta, levantarse a correr a las tres de la mañana, ir a un gimnasio a las 12 y a otro a las cinco, a las siete entrenar a otros. ¿No es de exigencia de lo que se habla cuando se piensa que si alguien va a Juegos Olímpicos y no trae medalla es un rotundo fracaso? La clasificación a la justa olímpica no basta.

Ramón tiene 29 años, le han pagado miles de dólares por una pelea, ha sido campeón, ha herido gravemente a sus contrincantes, estuvo a punto de perder un ojo, se retiró y regresó. No cabe duda de que el boxeo es un deporte que lleva a sus huéspedes a vivir a un ritmo distinto, la vida junto a él pasa rápido, el final de la carrera está a la vuelta de la esquina.

Raro hubiera sido encontrar a “El Niño de Oro” en un espacio ajeno al deporte, aunque tenemos un interés en común: el gusto y las ganas de aprender a escribir. Le decimos que enfrente hay un centro de creación literaria, se sorprende, le da gusto -nunca lo he visto- dice. Entre el deporte y la literatura sólo hay una calle. Con este pretexto pide nuestros teléfonos, cambiamos de tema, bajamos las escaleras. Afuera hace frío, insiste en vernos un día para tomar un café, nos despedimos. Ramón corre y cruza la calle, nosotras, con pasos más lentos vamos detrás, lo vemos alejarse y pienso en el café que nunca llegará.